sábado, 5 de noviembre de 2011

Los Benedictinos

Durante el transcurso de su historia, la Orden Benedictina ha sufrido numerosas reformas, debido a la eventual decadencia de la disciplina en el interior de los monasterios. La primera reforma importante fue la hecha por Odón de Cluny en el siglo X; esta reforma, llamada cluniacense (nombre proveniente de Cluny, lugar de Francia donde se fundó el primer monasterio de esta reforma, en el que Odón fue el segundo abad), llegó a tener un gran influjo, hasta el punto que durante gran parte de la Edad Media prácticamente todos los monasterios benedictinos estaban bajo el dominio de Cluny.
Los cluniacenses adquirieron gran poder económico y político, y los abades más importantes llegaron a formar parte de las cortes imperiales y papales. Varios pontífices romanos fueron benedictinos provenientes de los monasterios cluniacenses (Alejandro II, 1061-73; san Gregorio VII, 1073-85; beato Víctor III, 1086-87; beato Urbano II, 1088-99; Pascual II, 1099-1118; Gelasio II, 1118-19; y un largo etcétera).
Tanto poder adquirido llevó a la decadencia de la reforma cluniacense, que encontró una importante contraparte en la reforma cisterciense, palabra proveniente de Císter (Cîteaux en idioma francés), lugar de Francia donde se estableció el primer monasterio de esta reforma. San Roberto de Molesmes, san Esteban Harding y san Roberto de Chaise-Dieu fueron los fundadores de la Abadía de Císter en 1098. Buscaban apartarse del estilo cluniacense, que había caído en la indisciplina y el relajamiento de la vida monástica. El principal objetivo de los fundadores de Císter fue imponer la práctica estricta de la Regla de San Benito y el regreso a la vida contemplativa. El principal impulsor de esta reforma fue san Bernardo de Claraval (1090-1153), quien fue discípulo de los fundadores de Cîteaux, habiendo ingresado allí hacia el año de 1108. Se le encargó la fundación de la Abadía de Claraval (Clairvaux, en francés), de la que fue abad durante unos 38 años, hasta su muerte. Bernardo de Claraval se convirtió en el principal consejero de los papas, y varios de sus monjes llegaron igualmente a ocupar la Sede Pontificia. Bernardo predicó también la Segunda Cruzada. Al morir había fundado 68 monasterios de su orden.
La reforma cisterciense subsiste hasta hoy como orden benedictina independiente, dividida igualmente en dos ramas: la Orden del Císter (O. Cist.) y la Orden Cisterciense de la Estrecha Observancia (OCSO), también conocidos como Trapenses. Se les llama también "benedictinos blancos", debido al color de su hábito, en contraposición a los demás monjes de la Orden de San Benito, a quienes se llama "benedictinos negros".
Durante la Edad Media surgieron otras reformas importantes de la Orden Benedictina. La de san Romualdo (†1027), quien dio inicio a la reforma camaldulense. Esta reforma subsiste hasta hoy en dos ramas: la primera forma parte de Confederación Benedictina (benedictinos negros); la segunda es independiente, pero se rige igualmente por la Regla de San Benito. Otra reforma importante fue la emprendida por san Juan Gualberto (†1073), quien fundó los Benedictinos de Valle Umbrosa, por el lugar en Italia en que se construyó el primer monasterio de esta reforma; es igualmente hoy en día una congregación de la Confederación Benedictina. La reforma de san Silvestre (1177-1267), fundador de los Benedictinos de Montefano, que subsiste también hoy como congregación asociada a la Confederación Benedictina. La reforma de san Bernardo Tolomei (1272-1348), que dio origen a los Benedictinos de Monte Oliveto, hoy también parte integrante de la Confederación Benedictina.
Después de agitados períodos de la historia, como la Reforma en Alemania y los Países Bajos, la expulsión o ejecución de religiosos católicos por Enrique VIII en Inglaterra o, mucho después, del período revolucionario en Francia, así como también la decadencia de la disciplina en los monasterios, llevó a que se diezmara la población de monjes. Después de la Revolución francesa, fue Dom Prosper Guéranger quien hizo renacer la orden benedictina en Solesmes a partir de 1833, en Francia.

                                                                    (representación artistica de el papa San silvestre, sentado a la izquierda de la imagen)

Espiritualidad benedictina
La Misa es el momento culminante de la vida diaria del monje. Todo brota de ella y tiende hacia ella. Cuando en ella se proclama la Palabra de Dios, se vive en su máxima expresión la Lectio Divina, cuando en ella se comulga de un mismo pan, se vive en su máxima expresión la comunión en la vida de comunidad, cuando en ella se cantan y recitan las oraciones, en ello se concentra toda la vida de oración del monje, su oración privada y la oración litúrgica oficial de la Iglesia. San Benito, como nos lo cuenta San Gregorio, murió en el oratorio del monasterio de Montecassino, con las manos alzadas al cielo en oración, sostenido por los hermanos, y habiendo comulgado el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Así, la conclusión eucarística de su vida, da a la vida monástica una fuerte impronta en este sentido. De hecho, fue en los monasterios del medioevo donde se comenzó a desarrollar el amor por la eucaristía diaria, ya que en la antigüedad sólo se celebraba la misa algunos días de la semana. Cada día al alba, después de haber ya rezado Vigilias y Laudes, la comunidad se reúne para celebrar juntos la Cena del Señor, su Sacrificio. Los monjes sacerdotes concelebran con el hebdomadario que es quien preside la oración en la semana. Los monjes no sacerdotes participan activamente ejerciendo diversos ministerios y comulgando con devoción. La celebración monástica tiene ciertas características particulares: es tranquila, pausada, silenciosa y enteramente cantada. Los Domingos, día del Señor, el centro de la jornada lo ocupa la celebración conventual de la Santa Misa, a la que asisten numerosos fieles.